martes, 12 de julio de 2016

NO INTERESA "EL SEÑORITO"



     "Ya son bastantes los que cuando nos ven nos saludan con el brazo en alto. Pero da la casualidad de que muchos saludan así en presencia de un whisky, al que consagran, sorbo a sorbo, las mejores horas de un día cuyo rendimiento conocido empieza a la una de la tarde.

     Esos mismos que así intercalan el saludo romano entre el whisky y nuestra presencia son los más apremiantes en sus censuras por nuestra lentitud, los más exigentes en los propósitos de represalias y los más radicales en la elección verbal de los procedimientos combativos.

     Bueno es hacer constar que luego, a la hora de la verdad, no se halla a los tales repartiendo y recibiendo, golpes. Ni, más modestamente, se los encuentra propicios a suministrar el más moderado auxilio económico.

     No es, pues, inoportuno empezar a poner las cosas en claro.

     A Falange Española no le interesa nada, como tipo social, el señorito.




     El "señorito" es la degeneración del "señor", del "hidalgo" que escribió, y hasta hace bien poco, las mejores páginas de nuestra historia. El señor era tal señor porque era capaz de "renunciar", esto es, dimitir privilegios, comodidades y placeres en homenaje a una alta idea de "servicio". Nobleza obliga, pensaban los hidalgos, los señores; es decir, nobleza "exige". Cuanto más se es, más hay que ser capaz de dejar de ser. Y así, de los padrones de hidalguía salieron los más de los nombres que se engalanaron en el sacrificio.

    Pero el señorito, al revés que el señor, cree que la posición social, en vez de obligar, releva. Releva del trabajo, de la abnegación y de la solidaridad con los demás mortales. Claro que entre los señoritos, todavía, hay muchos capaces de ser señores. ¿Cómo lo vamos a desconocer nosotros? Estos reproches, por definición, no van con ellos. Sí van, en cambio, contra los señoritos típicos: contra los que creen que con un saludo romano en un "bar" pagan por adelantado los esfuerzos con que imaginan que nosotros vamos a asegurarles la plácida ingurgitación de su whisky.

    Como aquí no se engaña a nadie, quede bien claro que nosotros, como todos los humanos que se consagran a un esfuerzo, podremos triunfar o fracasar. Pero que si triunfamos no triunfarán con nosotros los "señoritos". El ocioso convidado a la vida sin contribuir en nada a las comunes tareas, es un tipo llamado a desaparecer en toda comunidad bien regida. La Humanidad tiene sobre sus hombros demasiadas cargas para que unos cuantos se consideren exentos de toda obligación. Claro que no todos tienen que hacer las mismas faenas; desde el trabajo manual más humilde hasta la magistratura social de ejemplo y de refinamiento, son muchas las tareas que realizar. Pero hay que realizar alguna. El papel de invitado que no paga lleva camino de extinguirse en el mundo.

     Y eso es lo que queremos nosotros: que se extinga. Para bien de los humildes, que en número de millones llevan una vida infrahumana, a cuyo mejoramiento tenemos que consagrarnos todos. Y para bien de los mismos "señoritos", que, al volver a encontrar digno empleo para sus dotes, recobrarán, rehabilitados, la verdadera jerarquía que malgastaron en demasiadas horas de holganza.


  (F.E., núm. 4, 25 de enero de 1934)

viernes, 3 de junio de 2016

EL VERDADERO RAMIRO LEDESMA (I)




     "¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio?

     La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España."




¿Cuáles han sido las principales deformaciones

sobre la obra y vida de Ramiro?

    En primer lugar se ha visto en Ledesma a un revolucionario “furibundo”, una especie de fanático incendiario que agitaba las teas desde las barricadas anticapitalistas. Nada más ajeno a la realidad. Ledesma es un revolucionario solamente porque plantea los valores, las ideas y las vías para invertir la decadencia histórica de España.

    Otros han querido ver en él a un “nacional-bolchevique” o a un “europeísta”, cosas que nunca fue ni por asomo. Se ha dado importancia a un antisemitismo del que nunca hizo gala. Se ha dicho de él que era un “fascista”, cuando él consideraba a este término como específicamente aplicable a Italia y él se definió siempre como “nacional-sindicalista”. 

    Se le ha presentado como un hombre de izquierdas, algo que despreciaba profundamente. 

    Y se ha dicho, finalmente, que era ateo o, simplemente, que “murió donde quiso”… en realidad, murió tras haber comulgado clandestinamente en la cárcel y siendo fusilado en una de las sacas habituales de la época junto a otros miembros de partidos de extrema-derecha.




miércoles, 25 de mayo de 2016

LA URNA DE CRISTAL



   
    Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó El contrato social, dejó de ser la verdad política una entidad permanente. Antes, en otras épocas más profundas, los Estados, que eran ejecutores de misiones históricas, tenían inscritas sobre sus frentes, y aun sobre los astros, la justicia y la verdad. Juan Jacobo Rousseau vino a decirnos que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones de voluntad.

    Y como esa voluntad colectiva, esa voluntad soberana, sólo se expresa por medio del sufragio –conjetura de los más que triunfa sobre la de los menos en la adivinación de la voluntad superior–, venía a resultar que el sufragio, esa farsa de las papeletas entradas en una urna de cristal, tenía la virtud de decirnos en cada instante si Dios existía o no existía, si la verdad era la verdad o no era la verdad, si la Patria debía permanecer o si era mejor que, en un momento, se suicidase.


    Como el Estado liberal fue un servidor de esa doctrina, vino a constituirse no ya en el ejecutor resuelto de los destinos patrios, sino en el espectador de las luchas electorales.





    Para el Estado liberal sólo era lo importante que en las mesas de votación hubiera sentado un determinado número de señores; que las elecciones empezaran a las ocho y acabaran a las cuatro; que no se rompieran las urnas. Cuando el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas. Después, a respetar tranquilamente lo que de las urnas saliera, como si a él no le importase nada. Es decir, que los gobernantes liberales no creían ni siquiera en su misión propia; no creían que ellos mismos estuviesen allí cumpliendo un respetable deber, sino que todo el que pensara lo contrario y se propusiera asaltar el Estado, por las buenas o por las malas, tenía igual derecho a decirlo y a intentarlo que los, guardianes del Estado mismo a defenderlo.




(José Antonio en el discurso pronunciado en el Teatro de la Comedia de Madrid, 
el día 29 de octubre de 1933)

martes, 24 de mayo de 2016

JOSÉ ANTONIO Y LA JUVENTUD ESPAÑOLA


   José Antonio Primo de Rivera sueña con un Estado fuerte que subordine todos los intereses al interés de la Patria.

   El liberalismo económico, o la burla sangrienta que ha engendrado el odio de clases.–La Historia anarquizante, influida por los estertores del romanticismo, que ha estudiado la juventud actual– "No se trata de la reconquista del Poder por las clases acomodadas, no."

   Un veraneante laborioso: José Antonio Primo de Rivera. El primogénito del Dictador, tercer marqués de Estella, aprovecha el verano para devorar lecturas que la agitada vida madrileña hizo demorar. Su habitación, en el hotel Continental, más parece gabinete de estudio que refugio accidental de un hombre joven en playa de moda.

   Los más enconados enemigos de la obra de su padre han guardado respeto a la digna actitud del hijo. José Antonio Primo de Rivera, en gracia y en desgracia la estrella política del autor de sus días, ha sido el mismo. La elegante continencia que le impidió bullir al amparo de aquélla, es de la misma solera que en ésta le eleva con arrogante prestancia para defender lo que no quiso aprovechar, contra los que aprovecharon lo que no quieren defender.





   Sencillez, simpatía, juventud, inteligencia... Hay apellidos que obligan, que agobian, que aplastan. Este hombre joven sabe llevar con dignidad el suyo. Es algo más que el hijo de Miguel: es José Antonio. Personalidad propia, cabal, entera.

   Cuando hay en el mundo tantas celebridades que no son más que reflejo de gloria ajena, hombres-estela; cuando se tropieza con tanto señorito que cumple en la vida la única misión de gastar fama y dinero que otros ganaron, resultan consoladoras estas excepciones. Más consoladoras por menos frecuentes.

   Hemos buscado a José Antonio Primo de Rivera por el hombre, no por el nombre. Y hemos hablado con él del mañana, no del ayer; de lo que él puede ver, no de lo que vieron sus antecesores.

   – He leído que en Torrelavega ha calificado usted al liberalismo de desvarío...

   – He dicho que nuestra generación abrió los ojos en un mundo convaleciente de dos desvaríos: el liberalismo y el socialismo. Liberalismo, económicamente, es libertad para morirse de hambre. Los trabajadores tienen libertad para contratarse o no, por lo que les ofrezcan, hasta que los mandatos del estómago, o los imperativos de la vida, les obliguen a rendirse. La ley de la oferta y la demanda no fuerza a nadie a trabajar si no quiere; pero el que no posea recursos economices habrá de trabajar, y trabajar por lo que quieran pagarle, si no quiere morirse de hambre. Morirse, eso sí, rodeado de dignidad liberal.

   – Pero en eso mismo se basa, precisamente, la crítica marxista de la economía burguesa.

   – Cierto; pero la crítica, formulada en interés de una clase y orientada por ese mismo interés, conduce a deformaciones lamentables.

   El obrero, víctima de la injusticia, se organiza para la defensa y el ataque; para la conquista del Poder, de acuerdo con el dogma marxista. Herido, no reacciona por hacer justicia, sino para ejercer venganza; para acabar con una tiranía e implantar otra; para imponer el dominio de una clase y hacer sufrir a la burguesía la misma injusticia que antes padeció el proletariado.

   El socialismo es la actitud de la lucha rencorosa entre las clases, reacción de la masa obrera contra las consecuencias del liberalismo económico. Envuelve un sentido de disgregación: clase contra clase, y hace perder la idea de la Patria como unidad trascendente, superior a los destinos individuales o de grupo.

   – Sin embargo, un diputado socialista francés ha dicho en el Parlamento de su país que nada es más patriótico y nacionalista que el socialismo, aunque esto parezca paradoja, atendido su sentido internacionalista. Porque es lo cierto que las riquezas las quiere el socialismo para la nación, mientras que las demás teorías económicas mantienen la propiedad privada.

   – Eso no pasa de ser un juego de palabras. El socialismo no recaba toda la propiedad para la nación, sino para el Estado, que quiere luego hacer coincidir con la nación como pieza geográfica, no como unidad histórica.





   – Si parte usted de la misma crítica del liberalismo económico y rechaza, el dogma marxista, ¿es para usted el fascismo el remedio?

   – El remedio lo veo en un Estado autoritario, no al servicio de una clase, ni al de un partido triunfante en la libre competencia de los partidos. En un Estado fuerte, al servicio de la idea histórica de la Patria. En subordinar los intereses individuales al Interés nacional; en sujetar las clases, impidiendo que atropellen y amparándolas para que no sean atropelladas. La proletaria es, precisamente, la que más tutela necesita; las otras son fuertes y pueden defenderse por sí mismas. En el magnífico ensayo italiano es en el que más se ha hecho por la significación del obrero.

   – ¿No teme usted que el rabioso individualismo español se rebelará, haciendo fracasar todas las previsiones? 

   – Temer, no. Italia, en la que se desarrolló el anarquismo más que en nuestra Patria, tenía también un sentido individualista y lo va perdiendo. Pero si no lo temo, no dejo tampoco de tenerlo en cuenta. Falta a nuestro pueblo educación como colectividad. Todo, hasta el estudio de la Historia, lo hemos hecho al revés. Lo hemos hecho a la salida de un período romántico, que influía en aquélla románticamente, exaltando las individualidades anárquicas y oscureciendo las creadoras; cantando al francotirador y olvidando lamentablemente al constructor.

   – Por educación, por sentimiento, por escarmiento si quiere usted, se me figura que los trabajadores se alzarán contra esas concepciones, tan enérgicamente como los capitalistas se alcen para apoyarlas.

   – Aunque así fuera, para defender un ideal no hace falta sentirse bien acompañado. Mejor compañía que la de las ideas puras no se ha de encontrar. Atacarán los de abajo mientras desconozcan, y hasta ese mismo momento defenderán no poco de arriba... Recójalo exactamente, que esto sí que me interesa dejarlo bien sentado: No es, no puede ser el fascismo la reconquista del Poder por las clases acomodadas. Eso se acabó. En sentido fascista no hay privilegio más que en razón del servicio que se presta a la Patria.

   Amigo o enemigo, estoy seguro que respetas estas opiniones, lector. Se asientan, frente al dogma marxista de las clases y del internacionalismo, en el sentido histórico de la Patria. Son dos principios que luchan en el mundo; dos concepciones opuestas, que aspiran a recoger la herencia del liberalismo moribundo. A su alrededor todo disminuye absorbido por ellas. Es la lucha decisiva en estos momentos en que los pueblos chapotean en angustias económicas buscando ansiosos el cable salvador.

   José Antonio Primo de Rivera tiene confianza en los destinos de la Patria; su dama es España. Y mirando más allá de la ola de escepticismos, piensa que el mismo orgullo con que los balillas dicen: "¡Io sono italiano!", se reflejará pronto en el hijo cuando alce su cabeza para exclamar: "¡Yo soy español!"'




(Entrevista publicada en La Noticia, de San Sebastián, 
el 25 de agosto de 1933, y en La Nación, el 26 de agosto de 1933.)